El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) lanzó lo que describió como una "oleada intensa de ataques" sobre varias ciudades del sur de Irán. El golpe militar desencadenó una escalada inmediata: en la madrugada del jueves, Irán disparó misiles contra Jordania, que el Ejército jordano confirmó haber detectado y derribado. Cinco proyectiles lanzados desde territorio iraní fueron interceptados antes de alcanzar suelo jordano.
La respuesta iraní
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Tras los bombardeos del CENTCOM, la Guardia Revolucionaria Islámica subió la apuesta en el plano retórico y operacional. El régimen iraní advirtió que los países que colaboren con Estados Unidos "recibirán una dura respuesta" y ratificó el cierre del estrecho de Ormuz, una de las vías marítimas más críticas del planeta para el transporte de hidrocarburos. La Guardia Revolucionaria aseguró que el paso "no podrá reabrirse" mientras continúen los bombardeos de Washington y lo que calificó como "la injerencia" estadounidense en la región.
Una crisis que se amplía
REZA GHANBARZADEH — CC0
El ataque sobre Jordania es un dato que no puede leerse de forma aislada. Amán ha mantenido históricamente una postura relativamente moderada en los conflictos de la región y tiene relaciones de coordinación con Occidente, lo que hace que la decisión iraní de dispararle misiles sea un salto cualitativo en la escalada. Que Jordania haya tenido que activar sus defensas antiaéreas para protegerse de un ataque iraní directo marca un punto de inflexión en la dinámica del conflicto.
El cierre de Ormuz, por su parte, no es solo una amenaza militar. Por ese estrecho pasa una porción sustancial del petróleo y el gas natural que se exporta desde el Golfo Pérsico hacia Asia, Europa y más allá. Si el bloqueo se sostiene en el tiempo, las consecuencias sobre los mercados energéticos globales pueden ser severas, y eso pone presión sobre una cadena de actores que va mucho más allá de Washington y Teherán.
El contrato de Lockheed Martin
En ese contexto de escalada abierta, el gobierno de Estados Unidos adjudicó a Lockheed Martin un contrato plurianual no definitivo (UCA) por hasta 53.860 millones de dólares para la fabricación de interceptores PAC-3 MSE, el misil utilizado por el sistema de defensa antiaérea MIM-104 Patriot. El acuerdo se extenderá por siete años y forma parte de iniciativas más amplias del sector defensa estadounidense.
El PAC-3 MSE es la versión más moderna y capaz del interceptor Patriot, diseñada para neutralizar misiles balísticos, crucero y aeronaves a distancias y altitudes mayores que las generaciones anteriores. Su producción a esta escala responde a una demanda que se multiplicó desde que el sistema Patriot pasó a ser el eje de la defensa antiaérea de varios aliados de la OTAN, y especialmente desde que Ucrania lo incorporó como pieza central de su escudo aéreo. La guerra en Ucrania y ahora la escalada con Irán dejaron en evidencia hasta qué punto los inventarios de interceptores disponibles son un cuello de botella estratégico: los misiles se consumen rápido en combate real, y reponerlos exige contratos de largo plazo con cadenas de producción funcionando a plena capacidad.
En ese sentido, el acuerdo con Lockheed Martin no es solo una transacción comercial de defensa. Es una señal de que Washington está pensando en términos de producción sostenida para un entorno operacional que ya no asume pausas entre conflictos.
Fuentes: Zona Militar, Al Jazeera, Infobae América
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